Cali, Colombia
Por María Fernanda Morales, Diana
Agredo, María del Mar Delgado, Aura Salinas, Alexis Fernández, Marcela Tello.
LA SUERTE Y DESGRACIA DE UN
TEATRO INADVERTIDO
Sumario
El Teatro Municipal de Buga hace parte
del paisaje colonial que caracteriza a Buga. Abrió sus puertas para la
exposición de obras musicales y de teatro, fue cuna de varios artistas locales
como el tenor Ernesto Salcedo Ospina. En los años 50’s el teatro sufrió una
decadencia, fue víctima del olvido y el abandono que lo llevó a un lamentable
estado de deterioro y a cerrar sus puertas. Durante quince años el monumento
fue invadido por el polvo, sin embargo a comienzos del siglo XXI la sociedad
bugueña se unió para revivirlo, ahora se escribe un nuevo capítulo en su
historia.
En Europa, entre las calles de Milán
hay un edificio que tiene vida. El Teatro Scala de Milán les sonríe a nativos y
extranjeros con las luces doradas de la noche, como un sol en medio de la
oscuridad. Este sitio ha sido el lugar donde se han presentado joyas como la
ópera L'Europa riconosciuta de Salieri. Su arquitectura neoclásica logra
transportar a los transeúntes por instante a 1778, el año de su inauguración.
Al ingresar, sus adornos y su diseño dorado con más de 2000 sillas rojas,
impresiona y estremece, es tan grande y tan perfecto que parece de ensueño. De
este lado, en Buga, Colombia, se encuentra el Teatro Municipal Ernesto Salcedo
Ospina, no tan inmenso como el anterior, quizá no tan intimidante. Reluciente
ha resurgido de una oscura época, su reciente remodelación mantiene su
arquitectura neoclásica republicana. El lugar es acogedor, no muy grande, 500
sillas rojas y acolchadas, predomina el rojo con adornos dorados y luces amarillas.
El Teatro Ernesto Salcedo Ospina claramente no es tan famoso como el Scala,
pero ha logrado asombrar a su público.
En los camerinos la compañía de ballet
corre de un lado a otro. Es la noche del 9 de Febrero de 2013, y las puertas
del Teatro Municipal de Buga Ernesto Salcedo Ospina se abren para permitir la
entrada al público que se agolpa en los asientos, uno a uno buscando el mejor
lugar para ver el show que ha de comenzar en pocos minutos. “La palomera” es
uno de los sitios más altos del teatro desde donde se puede observar cada
movimiento en el escenario sin correr el riesgo de perderse del más mínimo
detalle de la obra presentada. Se escucha un fuerte murmullo que sube y baja
por toda la silletería, el público está listo, las luces encendidas y el telón
se abre de par en par. En un escenario más bien pequeño en el que apenas caben
catorce bailarines girando en su propio eje, el Ballet Clásico de Moscú sobre
hielo logró entretener a los espectadores con movimientos suaves y en ocasiones
inseguros. Esa noche combinaron las destrezas del Ballet Clásico con las del
patinaje artístico. La puesta en escena había logrado hacer presencia en
distintas capitales del país, y aunque los costos por entrada siempre habían
sido alrededor de 150 mil pesos, en el Teatro de Buga el precio no pasaba los
70 mil pesos, los ciudadanos que lograron pagar e ingresar al show salieron
satisfechos y con ganas de más. Algunos no alcanzaron a comprar la boleta, pero
tuvieron la oportunidad de asistir a una segunda presentación el domingo a las
cinco.
Era 1912 cuando Buga sólo contaba con
once mil habitantes. Esta época se caracterizó por tener un desarrollo en las
edificaciones de la ciudad; sitios como la Basílica del Señor de los Milagros,
el Palacio de Justicia y la Casa de la Gobernación se inauguraron. Por sus
calles empedradas transitaban los caballos, mulas y algunos carros de marcas
como Citroën, Oldsmovil y
Ford28. Las casas, que albergaban familias numerosas, utilizaban para su
construcción el calicanto, una sustancia hecha de claras de huevo con arenas
cernidas y sangre de toro. Las tejas eran de barro, las paredes eran pintadas
con cal y los colores blanco amarillo, rojo pardo y azul, eran mineralizados
tomados de plantas y tierras. Faroles de estilo colonial con velas de parafina
alumbraban la noche bugueña hasta las nueve. Durante el día la brisa refrescaba
y mecía de un lado al otro las palmeras al ritmo de bambucos, esos que sonaban
en la casas de las familias de la alta sociedad.
Y es que Buga se ha quedado, para
algunos, estancada en el tiempo. La “Ciudad Señora” está llena de habitantes
que viven en el recuerdo de lo que fue y ahora no es; de miles de feligreses
que visitan la Basílica del Señor de Los Milagros cada año, una ciudad de
cuatro bienes de interés cultural como el Teatro Municipal de Buga. Éste último
fue construido por la élite de la ciudad para el disfrute de música clásica y
veladas poéticas. Probablemente muy pocos bugueños conozcan la historia del
Teatro, o la de Ernesto Salcedo Ospina como conocen la del Señor de Los
Milagros. Es que la religión es la religión, suelen decir las abuelas. Y
sí, como la religión católica no hay otra, por siglos ha sido el gigante más
difícil de derribar; la Basílica se ha preservado e incluso ha mejorado desde
su inauguración en 1907 hasta la actualidad, a diferencia del Teatro Municipal
que sufrió las consecuencias del uso inadecuado de sus instalaciones que lo
llevaron al deterioro y abandono total.
A lo lejos se puede ver su nombre:
“Teatro Municipal”. Luce con orgullo ocho columnas organizadas de dos en dos,
sobresale la decoración de su fachada que imita el estilo europeo, un estilo en
donde prepondera el mármol blanco, la mitología antigua, las columnas y los
arcos; las casas a su alrededor se ven pequeñas. Cuando fue adquirido el lote
en 1897, ya en Costa Rica se inauguraba el “Teatro Nacional” -el más importante
de dicho país. La “Empresa del Teatro” fue el grupo de ciudadanos bugueños que
tuvo la iniciativa y vio la necesidad de construir un teatro, veinte hombres
adinerados, entre ellos su líder Miguel Ángel Losada, asumieron los primeros
costos para la realización de este proyecto, el total de esta primera inversión
fue de mil setecientos pesos.
Diecinueve años pasaron para que las
obras iniciaran. Ya habían perdido la esperanza de tener un lugar para tocar el
tiple, para cantar esos pasillos que tanto les gustaba a los burgueses; fue
necesario crear una nueva empresa y tener un nuevo gerente, un hombre que les
cumpliera el sueño que años atrás habían tenido y ese fue Leonardo Tascón. No
entraban más ingresos para la construcción, las familias no pudieron entregar
más recursos, y por eso el Concejo Municipal en el acuerdo No 4 de 1922 declaró
la creación de la “Lotería del Municipio de Buga”, y que el 50% del dinero
recaudado sería destinado para la construcción del teatro.
Esa noche del 8 de marzo de 1922, la
elite de Buga, amante de la música clásica, entró por primera vez a su teatro, el
que se demoró cerca de 25 años en ser construido. Los ojos de los espectadores
brillaban, la emoción se propagaba en el ambiente. Las familias más
distinguidas como los Salcedo y los Cabal hacían alarde de los trajes más
finos; las mujeres utilizaban vestidos con lentejuelas que llegaban hasta las
rodillas, los acompañaban con plumas de marabú y con collares de perlas. Los
hombres vestían esmoquin con fajas o lazos, chalecos con cola y el accesorio
infaltable, el sombrero de copa. Algunos llegaban en carro y otros en las
victorias. Las demás personas que se conglomeraban se asombraron ante el
espectáculo que observaban.
En el volante de apertura se apreciaba
la imagen de Ernesto Salcedo Ospina vestido de mujer, con coquetería, alegría y
elegancia cubría las mejillas con sus manos, sosteniendo una sonrisa amable que
invitaba a las personas a que asistieran al teatro. Era la obra La Duquesa
de Bal Tabarin, y con ella el escenario cobró vida, las luces iluminaron a
los actores y una audiencia maravillada los recibió como probablemente
recibieron esta opereta de Leo Bard seis años atrás, en el recién inaugurado
Teatro Reina Victoria de Madrid y veintidós años antes en 1900, quizás se
estrenaba en Viena. Desde la inauguración el público ha valorado y recibido con
gran satisfacción la exposición de este tipo de obras europeas, lo que
creó una subestimación sobre lo propio frente a una exaltación de la producción
artística de otras culturas, una preferencia por lo extranjero.
Y es así como el teatro se convierte en
el símbolo del auge cultural en la llamada “Ciudad Señora”. Los bugueños que
transitaban por la intersección de la calle de Bolívar y la Calle de los
Coches, descubrían un edificio de cerca de seis metros de altura que se imponía
ante ellos, el color crema le daba un estilo afrancesado tan particular que lo
diferenciaban de los otros edificios de la ciudad. Los transeúntes fantaseaban
con jugar con las columnas, con llegar al balcón y sentir más cerca los rayos
del sol, la brisa, las nubes, sin duda alguna, era como estar en el cielo. Los
rostros de Beethoven, Mozart y Liszt adornaron la fachada del teatro gracias a
las reformas que hizo el arquitecto bugueño Enrique Figueroa en 1929, quien
trabajaba para ese entonces en la construcción del Canal de Panamá. Se trató de
evocar hasta en los más mínimos detalles el modelo europeo como el color curuba
de los palcos, el negro de la silletería y el rojo del telón que dotaban de
elegancia al lugar.
La importancia del teatro no solamente
reside en su estructura, sino en las personas y en los eventos que se
realizaron a través de los años, es así como las compañías de ópera Adolfo
Bracale y de Adolfo Squarcetta dejaron un recuerdo inigualable en la memoria de
aquellos espectadores que disfrutaron de sus obras. Las voces de las sopranos
Chela Gallardo y Adelina, los tenores Hipólito Lázaro, Nicolai Timofeyew; y el
barítono Carlos Julio Ramírez todavía resuenan igual que las suaves notas del
violín de Ricardo Odnosopoff o la guitarra de Andrés Segovia. Las palabras
recitadas por los poetas Guillermo Valencia, Eduardo Villafañe, Ricardo Nieto,
Aurelio Martínez aún conmueven.
En las tardes bugueñas los jóvenes de
las familias adineradas se reunían en sus casas, organizaban unos conciertos
que se llamaban tenidas y utilizaban pianos, guitarras, bandolas y
tiples para interpretar bambucos y pasillos. La música clásica la escuchaban en
fechas especiales como cumpleaños, ceremonias religiosas o cuando la compañía
de ópera Bracale hizo su tour por Colombia entre 1922 y 1928, con obras
dirigidas a la alta sociedad que debía pagar cinco pesos de oro.
El teatro Ernesto Salcedo Ospina fue un
proyecto realizado para la clase alta. A las 6 y 45 p.m. del domingo 30 de
junio de 1930 se abrieron sus puertas, todo estaba preparado para el “Gran
Concierto Lirico- Literario” a beneficio del Hospital San José, fundado en
1900. El programa tuvo 14 actos que se dividieron en dos partes. La velada fue
amenizada por la Orquesta Payán, también se presentaron tenores, sopranos,
barítonos y poetas. Por las calles de la ciudad se anunció con bombos y
platillos la participación de Guillermo Valencia, poeta payanés y ex candidato
presidencial en 1918 por el partido Unión Republicana; su acto se realizó en la
segunda parte del evento. Valencia tenía la costumbre de salir al parque Caldas
de Popayán a conversar con su mejor amigo, el también poeta y abogado Francisco
Eduardo Diago Gortaire, la gente se agolpaba con disimulo para oír el español
florido que él utilizaba y llevaban papel para copiar las frases que decía.
Finalmente la gala contó además con varias presentaciones del tenor Ernesto Salcedo
Ospina quien interpretó un solo en el acto “Miserere” de “El Trovador”
de Verdi junto a un grupo de señoritas y caballeros de la sociedad bugueña,
acto que finalizó la primera parte del espectáculo. El tenor actuó con la
señorita María Luisa Pombo la zarzuela “La Calesera” de Francisco Alonso y la
orquesta los acompañó. El cierre del concierto estuvo a cargo del Gran Coro y
presentaciones de diferentes personalidades de la época como el Sr. J. M. Olaya
y el Sr. Da. Eduardo López.
Ernesto Salcedo Ospina
Ernesto es el segundo hijo de una
familia señorial: los Ospina Salcedo. Nació el lunes 6 de noviembre de 1893 en
Buga. Al día siguiente, el Gran Teatro del Liceo de Barcelona se sacudió por
dos bombas Orsini que lanzó el anarquista Santiago Salvador Franch para agredir
a la burguesía dominante de la época. Salcedo murió 55 años más tarde y fue
enterrado en el cementerio Central de Cali el día 10 de enero de 1948. El 7 de
agosto de 1956, la explosión de 42 toneladas de dinamita en Cali arrasó varias
manzanas de la ciudad, mató a 4 mil personas, dejó 12 mil heridos y destruyó la
tumba de Ernesto Salcedo Ospina, cuya localización se perdió para siempre.
Ospina Salcedo tenía rostro
ovalado, reflejaba esa vivacidad que caracterizaba a todos sus personajes, ojos
pardos medianos y coquetos que le ayudaban cuando se disfrazaba de mujer, cejas
pobladas, cabello castaño oscuro y ondulado, color de piel blanco rosado y unos
labios medianos. En aquella época los bugueños que querían tener una formación
musical debían trasladarse a Bogotá o viajar al exterior. Ernesto se instruyó
bajo la dirección del compositor y violinista Guillermo Uribe Holguín en el
Conservatorio Nacional de Música, luego viajó a New York para estudiar en el
Manhattan School of Music que abrió sus puertas 97 años atrás. También estudió
hidráulica en Canadá y trabajó en las haciendas de la región vallecaucana
instalando las turbinas Pelton para generar energía hidráulica.
Comenzó a consolidar su historial
artístico en 1914 conformando un grupo musical llamado “La Estudiantina de
Guadalajara” junto al músico Benigno “El Mono Núñez”, entre los integrantes del
grupo estaban Pedro María Becerra, Tulio 'Pescuezo', Samuel Herrera, Lisandro
Rengifo y el maestro Manuel Salazar como director. Con su hermano Eduardo
Salcedo Opina “Edy Salospi” famoso compositor, poeta y caricaturista tenían una
estrecha relación, pues gracias a Ernesto podía exponer sus composiciones. Uno
de los escenarios utilizados por los Salcedo Ospina y Manuel Salazar para la
presentación de obras artísticas fue el Teatro Olympia de Bogotá durante 1920.
El tenor afianzó su carrera con
incontables éxitos en su vida artística durante las décadas de los veinte y
cuarenta. Debido a su habilidad para alcanzar el registro de soprano,
representó papeles femeninos tal como lo hizo en la inauguración del teatro -en
una fotografía aparece con un vestido largo de tirantes, sus brazos en la
cadera, su cuello adornado por una gargantilla y en las orejas lleva aretes de
perlas grandes-, y trabajó como cantante lírico dramático. Años después el
Teatro de Buga adoptó el nombre de Teatro Municipal de Buga Ernesto Salcedo
Ospina en honor al tenor, pues había destacado a la ciudad por su admirable
carrera artística.
Luego de 65 años de haber proyectado
las primeras imágenes en movimiento de la película documental llamada el Drama
en la capital colombiana, los Salcedo se unieron al proyecto que buscaba
llevar a María, obra literaria escrita por Jorge Issacs en 1867, al cine
por primera vez en Colombia para el año 1922, por eso crearon la sociedad
productora La Valley Film. El largometraje fue producido y dirigido por Alfredo
Del Diestro y Máximo Calvo, además actuaban los hermanos Eduardo y Ernesto
acompañados por Stella López Pomareda y Hernando Sinisterra, protagonistas de
la obra. Las luces invadieron los teatros, salones, terrenos baldíos,
hechizaron al público y cautivaron a los actores que practicaban sus escenas y
parlamentos en repetidas ocasiones frente a esas nuevas y raras cajas negras en
que quedaban atrapados.
La cultura sufre de constantes
transformaciones, los recintos cambian. En el siglo pasado el Teatro era uno de
los máximos exponentes de la cultura bugueña, símbolo de estatus, sin embargo,
siempre lo acompañó la sombra de la ambición. El descuido y el abandono lo
dejaron en la ruina. Todo comenzó con el traspaso de los derechos del teatro a
Guillermo Lehman, alemán que dejó de usarlo como teatro para incursionar en la
industria cinematográfica, es así como el Teatro pasó a ser un escenario para
el cine y sus eufóricos espectadores. La persona encargada de la taquilla
recibía a las personas, tomaba el dinero e invitaba a pasar para poder atender
al resto de clientes. Al lado izquierdo, antes de entrar a la sala, estaba el
negocio de comida, crispetas, gaseosas y dulces que invitaban a los niños,
padres y parejas a consumir. Se confirmaba la hora de la función y las personas
entraban en un espacio oscuro, lúgubre, un escenario totalmente diferente al de
inicios del siglo XX, las luces que iluminaban a los actores de las obras que
años atrás se presentaron, ahora solo se encendían para que el público
encontrara su silla y no tropezara en la salida. La magia que traía el cine los
envolvió, pero pronto esa magia no sería suficiente para salvar lo que quedaba
del teatro, las personas dejaron de asistir, el respeto por el monumento se
perdió, lentamente se quebrantó su vida, se apagó y el descuido lo llevó a su
inminente deterioro. El negocio del cine se vio obligado a desistir y a cerrar
las puertas, terminó por condenarlo a ser un fantasma de cemento en medio de
las calles de la histórica Buga.
Desde las esquinas, entre las casas,
resaltaba su majestuosidad. Por fuera el teatro no parecía estar en ruinas, sus
paredes se veían sucias, llenas de grafitis pero estables. Los ojos curiosos
que se asomaban por medio de las tablas que sellaban las ventanas, encontraban
la decadencia de aquel lugar, desde ahí veían los restos de un teatro hueco,
habitado por animales nocturnos y un hedor muy fuerte a madera podrida. Visto
de cerca sus paredes ya daban signos de humedad, en sus puertas ya habitaban
plagas y algunas astillas sobresalían de sus marcos. Desde el techo caían rayos
de luz que ayudaban a poner en evidencia el deterioro y la polvareda que
vacilaba entre las ruinas, lo que le daba un aire de misterio que duró cerca de
15 años.
Debido al abandono que
sufrió el Teatro desde los años 50, la Subdirección de Monumentos Nacionales en
1996 inició un proyecto para su restauración que comenzó en octubre de 1997. En
la primera etapa liderada y diseñada por José Luis Giraldo y Beatriz
Sanclemente se invirtieron 50 millones de pesos para realizar trabajos de
excavación, nivelación de los cimientos y la estructura. Era necesario realizar
los estudios de suelos, construir las escaleras de emergencia en cada piso,
iniciar la reparación de la estructura cubierta en madera y la recuperación del
sótano para utilizarlo como espacio alterno del teatro. Para la segunda etapa
se buscaba poder recuperar el escenario, la tramoya, los diferentes niveles, la
platea, los rasos cielos originales y los pisos de madera de los palcos. Así
mismo organizar espacios como una cinemateca, un café libro y una escuela de
música para todo el público bugueño. La inversión para el proyecto fue de unos
800 millones de pesos. Después de muchos desafíos y muchas
luchas en el 2007 se entregó la primera etapa de remodelación con la ilusión de
verlo brillar como en aquellos años dorados, en los que el arte invadía
las calles bugueñas.
Dos años más tarde continuaron con la
reconstrucción del Teatro, para este período incluyeron el programa de la
Escuela Taller de Popayán, encabezado por el arquitecto Álvaro Montilla Vega y
liderado por el Ministerio de Cultura y el Servicio Nacional de Aprendizaje
(SENA). Dieciséis jóvenes bugueños de escasos recursos tuvieron la oportunidad
de aprender técnicas artesanales y carpintería especializada con el fin de
hacer parte del equipo de recuperación y de embellecimiento del
monumento. Gracias a la inversión de más de dos mil millones de pesos para la
reconstrucción del teatro, en el periodo que comprende desde el 2007 hasta el
2011 se logró, a finales de este último año, abrir de nuevo las puertas del
escenario para el disfrute principalmente de la población bugueña. La
Secretaría de Cultura y Turismo se ha encargado de buscar acuerdos con la
Alcaldía de Buga, la Gobernación del Valle y la Cámara de Comercio para lograr mejoras
en el sistema de sonido, además el Teatro posee una cuenta independiente al
Ministerio de Cultura para autogestionar gastos extras. Aun así, las obras
siguen sin terminar, desde el momento de su creación nunca se ha finalizado su
construcción, es una condena que ha llevado por más de 92 años. José Herbet
Arango, Secretario de Cultura y Turismo afirma que el Teatro “nunca estuvo como
está hoy”, ésta es la etapa en la que posiblemente más dinero se ha invertido y
lo que falta por concluir es relativamente poco.
Los rumores se propagaron por las calles, por los parques, por los
rincones de Buga se oyen miles de historias sobre la corrupción, sobre las
remodelaciones que comenzaron en 2006 y tardaron
cinco años en terminarse. Los comentarios aumentaron a raíz de los recesos
entre el 2008 y el 2010. Corría el rumor de que se habían robado la plata y que
seguramente el tema había llegado a los oídos del Ministerio de Cultura, por lo
que empezaron a preguntar el porqué de tanto retraso y por eso finalmente las
obras se reanudaron. Como jugando a la ruleta el teatro jugó su destino,
la desgracia lo persiguió, pero la suerte lo acompañó. Comenzó a
funcionar desde 2011 teniendo entre sus eventos el monólogo de la actriz Amparo
Grisales “No seré feliz, pero tengo marido”. El teatro es un reflejo de las
costumbres pasadas, pero para mantenerse se acopla a las costumbres de
entretenimiento de la sociedad actual.
La relación de las entidades privadas
con el teatro generalmente no traen un grato recuerdo, la decadencia que le
trajo al lugar otorgarle completamente los derechos a las entidades privadas,
la transformación de Teatro a Cine, de centro cultural a negocio y el posterior
abandono de éste, dejaron una gran huella en la historia de Buga. Ahora, si
bien se cuenta con las entidades privadas como benefactores para ciertos
aspectos del sitio no necesariamente depende de ellas y tanto el manejo como la
administración del lugar es exclusivo del sector público municipal. La
Secretaría de Cultura y Turismo vela por su preservación, mientras que la
Gobernación invierte y otorga los principales recursos, la ciudadanía, tal como
en la época de su creación, ha sido parte importante en ésta reconstrucción,
gracias a la participación del grupo de jóvenes que se le midieron a
reconstruir y embellecer el monumento, al empeño y sentido de pertenencia
característico de la sociedad bugueña es que ahora éste grande ha vuelto a la
vida.
El sábado 3 de septiembre de 2011, a
tan solo cuatro meses de la reinauguración, los bugueños fueron invitados a
participar de la “Sillatón: una silla para el teatro municipal de Buga” en
el parque José María Cabal. La Corporación Teatro Municipal, liderada por Edgar
Neira Trujillo incentivó a la ciudadanía bugueña, comerciantes y empresarios
para donar recursos que se invertirían en sillas para el teatro. Neira expresó
en la invitación: “Hoy que somos testigos de su inminente recuperación, no
podemos ser simples espectadores de esta gran transformación, la que se
constituye en una gran oportunidad para contribuir a su culminación; por ello
la colaboración entre todos y la unión de esfuerzos, debe despertar en los
habitantes de Buga un verdadero compromiso de solidaridad con el teatro
municipal y la ciudad”.
Fue un día lleno de alegrías, música y
de presentaciones artísticas y culturales de artistas locales. La tarima se
ubicó en la esquina contigua a la Alcaldía Municipal con el fin de
brindar un mejor espectáculo, un espacio cómodo y amplio para los asistentes.
Desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde estuvieron abiertas las
urnas en las que los asistentes depositaron su aporte monetario; el total de
dinero recaudado al final de la jornada fue de 21 millones de pesos.
Al caer la noche del 22 de diciembre de
2011, el teatro brillaba con luz propia, a las 7:00 de la noche las diferentes
personalidades de Buga se dieron cita en el Teatro Municipal Ernesto Salcedo
Ospina -el alcalde Freddy Libreros, Francisco José Lourido Gobernador del Valle
y quien fue el conductor del evento, la secretaria de Cultura del Departamento
Luz Adriana Betancourt, la arquitecta María Isabel González y Edgar Neira Trujillo
representante de Corpoteatro-. Las bocinas de los automóviles atiborraron el
ambiente, las mujeres descendían con sus vestidos largos, otros cortos,
entallados a la cintura, mientras algunos hombres vestían con esmoquin o
camisas blancas, guayaberas, y pantalones de lino. Los telones se abrieron, la
música llegó a cada rincón, el teatro resplandecía y no solo por las luces,
había algo mágico, su renacer, una nueva oportunidad para brillar. La Escuela
Taller de Ópera de la Universidad del Valle dio inicio a una nueva temporada de
eventos culturales en este escenario y en la ciudad.
Una puerta de madera, gruesa y firme da
la bienvenida. El teatro es un monumento que ha permanecido para revelar a los
ciudadanos su pasado. Al entrar en el lado izquierdo se encuentra la oficina
administrativa, el piso es de madera, sencillo. La platea está iluminada por
luces doradas y amueblada con sillas rojas, el piso cubierto por una alfombra
roja. En la parte de arriba hay una decoración en relieve hecha por los jóvenes
bugueños, una imagen llena de colores, de la que prevalece el azul que
complementa el aire majestuoso del lugar. El escenario de una madera brillante
y pulida, atrás el telón inmenso, dueño de encanto, de un rojo intenso combina
perfectamente con el espacio. Los camerinos hechos en concreto y de paredes
blancas y puertas metálicas negras es la parte nueva del Teatro que aún falta
por terminar.
Una muestra de la continuidad en el uso
del teatro desde su reinauguración son los diferentes eventos que han tenido
lugar durante los años 2012 y 2013. En estos últimos años el teatro tuvo una
gran afluencia de presentaciones, con exposiciones y presentaciones alternas
como obras teatrales y musicales, ópera, obras escolares, conciertos de música
clásica hasta torneos de fisicoculturismo.
La obra del argentino Norberto del
Prado “Amor a Diario” tuvo lugar el 16 de agosto del 2013, eran las seis de la
tarde y las puertas del teatro ya estaban abiertas, las luces de la platea y
los palcos ya alumbraban; el público comenzó a ubicarse en el lugar que le
correspondía, los niños caminaban impacientes, tiraban con fuerza las manos de
sus madres, pues el espectáculo pronto iba a comenzar, era noche de títeres.
Aquel jueves, a las siete de la noche Carlitos, el personaje principal, salió
para ayudar a su papá que se quedó sin trabajo, vendiendo diarios y los frascos
de dulce de leche que comenzó a fabricar su mamá. Conoce a Susana, la nueva
vecina y queda prendado de amor. En un momento de descuido, aparece Vicente, el
ladrón, quien se lleva el dulce. Susana no cree lo del robo y se enoja con
Carlitos. Con un lenguaje sencillo y permanente interacción, la obra refleja la
realidad, dejando a cada instante a través del juego teatral, mensajes de amor,
amistad, respeto y solidaridad. Con esta historia rica en moralejas el teatro
fue testigo de una noche llena de curiosidad, risas y voces de niños alentando
a los títeres en sus aventuras.
Muchos de los eventos que se realizan
actualmente en el teatro son liderados por grupos culturales de danza, baile,
canto, teatro, pero también por las escuelas de la ciudad, estas últimas piden
el espacio para realizar grados, celebraciones o presentación de algún concurso
de momento. Para Claudia Molina, funcionaria de la Secretaría de Cultura y
Turismo de Buga, resulta trabajoso educar al público bugueño asistente y más
aún si son niños o personas del común que esperan poder llegar al teatro y que
los dejen ingresar sin ningún reparo, pues el último uso que tuvo el teatro
fue para la proyección de películas, por lo tanto, los espectadores no se
esmeraban en lucir un atuendo pulcro y elegante, tampoco veían problema en
llevar sus palomitas de maíz y su gaseosa para refrescar. “Han llegado con
la litro de gaseosa”, dice Claudia Molina, quien ya ha tenido que hablar con
los asistentes, que ahora intentan retomar estas costumbres, para evitar que
logren su objetivo.
El Teatro Municipal siempre ha estado
bajo amenaza de la privatización, esta situación lo llevó a la ruina y así lo
confirma la misma historia. Aún hoy, y después de tantas luchas, es posible que
empresarios privados quieran sacarle provecho. Ahora pertenece al municipio, en
palabras del secretario José Hebert Arango es un bien del público y para el
público en el que no solo las élites, los adinerados pueden entrar y disfrutar
de las maravillas que este grande puede brindar, las audiencias populares
también son bienvenidas, algunas veces totalmente gratis y otras a un precio
relativamente cómodo. Esto ha causado un leve malestar entre los círculos cultos,
tradicionales y privilegiados que no están de acuerdo con la popularización del
lugar, se ha convertido en una lucha entre el sector privado y los que todavía
defienden lo público. El teatro ha estado
siempre en medio, brillando o siendo atacado por las mismas sombras
desgarradoras, los fantasmas de la codicia.
Buga es una ciudad dividida entre la tradición y la modernidad que con
los años ha sufrido transformaciones desde su población hasta en la
arquitectura. Ahora cuenta con un poco más de ciento quince mil habitantes. El
uso que se le ha dado al Teatro también ha cambiado. Mientras se acostumbró a
la sociedad bugueña de los años 20 y 30 a recibir los espectáculos de la “más
alta sociedad”, hoy en día el teatro ha servido como set de grabación; fue el
escenario de los múltiples conciertos de La Ronca de Oro, telenovela
colombiana. Majida Issa, actriz colombiana, interpretó a la cantante
caleña de música popular Helenita Vargas. Los televidentes noche tras noche se
dejaron envolver por el teatro, las escenas recorrían los palcos la silletería,
siempre adornado con un radiante rojo combinado con los brillos en los vestidos
de los protagonistas, sobre todo de “La Ronca de Oro”. Para el capítulo final,
Helenita Vargas brindó un concierto con lleno total, la decoración adicional
muy reluciente y colorida fue muestra de la versatilidad del Teatro Municipal
de Buga Ernesto Salcedo Ospina, ahora lo clásico y lo popular convergen en un
mismo escenario.